martes, 1 de julio de 2008

El tanque de agua (El cuento que te prometí...)

Érase una vez un niño muy guapo que se llamaba Antonio. Era un poco alto para su edad y tenía rizos rubios y ojos color miel. Vivía en un pequeño pueblo cuyo mayor atractivo eran unas casitas rurales muy monas. Sus padres le querían mucho y tenía innumerables amigos en el colegio y en la vecindad.

Un día, llegó una niña nueva, que se llamaba Sara. Era algo bajita, muy delgadita y tenía unos ojos de un brillante color verde agua. Congenió pronto con Antonio y se hicieron muy buenos amigos. Hasta el punto de que Antonio decidió confiar en ella para un asunto que le preocupaba bastante.

Resultaba que hacía un tiempo, un hada había visto la bondad de Antonio y le había regalado un tanque enorme lleno de agua. Le dijo que aquel tanque no tenía fin y que por más agua que sacara de él, nunca se le agotaría. Pasaron unos días y el niño no sabía que hacer con aquel regalo tan especial. Pero se dio cuenta de que no podía guardar tanta agua allí y no utilizarla, así que decidió guardar el tanque en casa de Sara, para que también ella pudiera disfrutar del agua. Todos pensaron que era una gran idea y desde aquel día, Antonio guardaba su agua en casa de Sara. Así pasaron dos años enteros estupendos, pues disponían de mucha agua para compartir, por lo que disfrutaron de muchos días felices y grandes aventuras juntos.

Pero por aquellos días había una gran sequía en el pueblo y un día el niño que salió a dar un paseo, se dio cuenta de que todos los jardines vecinos lucían una hierba seca y las cosechas eran casi inexistentes. Y se puso a pensar. ¿Qué pasaría si diera parte de su agua a otras personas del pueblo? Al fin y al cabo era un poco injusto que solo Sara pudiera disfrutar de ella. Así que habló con ella y le dijo que quería dar un poco de su agua para que llegara poco a poco a todas las casas vecinas; así todos podrían ser un poco más felices y él se sentiría mejor consigo mismo.

Entonces, Sara le dijo: “Pero, entonces… ¿Ya no podré disponer de toda el agua para mi solita? No es que me parezca mal que quieras ayudar a otras personas, pero me gusta que sea solo nuestra”. Pero Antonio estaba ya decidido y le hizo un agujerito al tanque. El agua empezó a salir poquito a poquito y trazó un caminito que fue pasando de casa en casa, regando cada una. En ese momento, Sara empezó a llorar porque se sintió muy triste de que Antonio ya no tuviera agua para ella sola.

El niño se arrepintió de pronto al verla tan triste y puso un dedito para tapar el agujero. Pasó así algunas horas y se sentía muy mal porque realmente quería dejar que el agua fluyera. Pero Sara le miraba con ojos suplicantes. “Sara, ¿entiendes que tarde o temprano tendré que quitar el dedo y mi agua llegará de nuevo a todas las personas? Me encantaría que fuera toda para ti, pero siento que tengo que compartir con los demás. Me duele mucho el dedito y no se cuanto tiempo aguantará de nuevo toda esta agua solo para ti”.

“Puedo traerte un taponcito para que no tengas que estar siempre ahí. Nos podremos ir a disfrutar de nuestra agua y quedará contenida en tu tanque”. Pero Antonio le respondió: “yo he decidido compartir y yo decidí dejar de hacerlo, así que tendré mi dedo aquí mientas que pienso qué es lo mejor para todos”. Pasó una noche entera allí el niño, mientras que Sara intentaba que transcurriera lo mejor posible. Le llevaba comida para que no tuviera hambre y mantas para que no tuviera hambre.

Pero al día siguiente, llamó a Sara y le dijo: “Sabes que no puedo permanecer así para siempre; me duele el dedito de aguantar tanta agua y necesito compartirla con más personas. ¡No me parece justo que sea toda para ti! No espero que lo entiendas ahora, ni tampoco mañana, ni quizás dentro de un mes. Pero verás como al final acabas dándote cuenta de que es lo mejor. Además, somos amigos, ¿no? Eso será suficiente para ser felices. Confía en mí".

Entonces, Antonio quitó el dedo del agujero y el agua comenzó a salir a borbotones. Formó un pequeño riachuelo, camino de los jardines de todo el pueblito.

“Voy a seguir el caminito de agua a ver hasta donde me lleva. No me esperes despierta; puede que tarde un poco en llegar, pero cuando lo haga, te prometo que te contaré todas las aventuras que viví más allá de tu jardín. Te quiero, y espero que tú a mi. ¡Hasta pronto, Sara!”

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